La lucha por la despatologización trans, una lucha feminista

Miquel Missé

aLa lucha por la despatologización trans, una lucha feminista

Intervención en las últimas Jornadas Feministas de Granada del pasado diciembre.
Página Abierta, 208, mayo-junio de 2010a

Esta ponencia pone sobre la mesa los principales argumentos del discurso por la despatologización trans y trata de explicar la importancia de la alianza con el movimiento feminista. Desde esta perspectiva, la lucha por los derechos de las personas trans y también de las personas intersex debe ser ante todo una lucha feminista, contra las presiones de género y por el derecho al propio cuerpo. La intención es ir más allá de las categorías hombre y mujer a la hora de buscar aliados y comprender que actualmente las identidades se han complejizado, que la opresión también se ha complejizado y que las experiencias de muchas personas van más allá de este binomio (en este caso, las personas con identidades trans e intersex).

En este sentido, quizás sea importante detenerse y hacerse algunas preguntas. Por ejemplo, por qué las personas trans buscan con tanta urgencia modificar su cuerpo, por qué es a veces vital esa transición, y lo más extraño, por qué esas personas que transitan se sienten a veces feministas. Se trata de buscar formas de fortalecernos sin invisibilizarnos, de escucharnos, de reivindicar nuestras diferencias y resistir frente a un sistema que nos quiere a todos iguales, aunque para ello sea necesaria la violencia (médica, social, laboral, simbólica).

Finalmente, se trata de expresar la importancia, y sin duda la urgencia, de una alianza real entre el movimiento feminista y el movimiento trans, una alianza que se pueda materializar, una voluntad política de abrir los frentes de lucha con convicción entendiendo que el enemigo está mucho más dispersado de lo que parece. Y que la violencia la vivimos desde muchos lugares, y desde todos esos lugares debemos combatirla. Y que, al mismo tiempo que denunciamos el machismo más clásico, denunciemos también las terapias de normalización de género, las reconstrucciones genitales a los bebés intersex, los test de feminidad y masculinidad, y tantas otras cosas.

En esta segunda parte de la exposición abordaremos los principales argumentos de la lucha por la despatologización trans y su vínculo político con el movimiento feminista. Antes es interesante detenerse en comprender la histórica y compleja tensión entre el movimiento trans y el feminismo. Se trata de poner sobre la mesa los principales elementos que han generado conflicto entre estos dos movimientos y finalmente tratar de superarlos, de deconstruirlos, de analizarlos para fortalecernos, para acercarnos; para aliarnos en la lucha que pensamos es la misma.

Históricamente, en los círculos feministas las y los activistas trans han generado algunas desconfianzas en tanto que se les ha considerado reproductores del binomio hombre-mujer y, por consiguiente, agentes de legitimación de un sistema contra el que se venía luchando. Siguiendo esta misma lógica, muchas veces se ha interpretado la transexualidad masculina y la transexualidad femenina como una traición. En el caso de los chicos trans porque han renegado de su identidad femenina y en el caso de las chicas trans porque llevan consigo los mecanismos de opresión de la masculinidad.

A menudo se ha cuestionado la legitimidad de su discurso e incluso su presencia para hablar de lucha contra el heteropatriarcado. Este argumento, que en algunos ámbitos ha sido completamente superado, merece la pena abordarlo plenamente porque es desde donde parte una tensión que hoy en día juega en nuestra contra y que nos impide crecer y seguir luchando.

Antes de seguir, es importante aclarar que de la misma manera que el feminismo no son las mujeres, el movimiento trans no son las transexuales. El activismo trans, como el feminista, está atravesado por ejes generacionales, de clase, de etnia, de capital, social y cultural. El movimiento trans ha dado un giro importante en los últimos años y
es interesante comprender en qué ha consistido esta transición, transición en parte hacia el feminismo o al llamado “transfeminismo”.

Plantearemos ahora dos cuestiones. La primera es una breve explicación del movimiento transexual y de lo que debemos entender cuando hablemos de estos tránsitos de un género a otro. Y la segunda trata de las ideas de resistencia y reproducción frente al binomio y de cómo entender la sexualidad trans como una sexualidad transgresora desde una perspectiva trans-feminista (si es que existe).

Hay que entender que las personas transexuales forman una comunidad muy heterogénea que está fragmentada por dos discursos distintos. Por un lado tenemos el discurso “normalizador” que busca la asimilación y la integración en la sociedad en el que los trans hablan de su experiencia como la de una persona encerrada en un cuerpo equivocado. Generalmente, estas personas trans hablan de su proceso desde el sufrimiento y legitiman el papel de la psiquiatría como apoyo durante su tránsito. Este discurso, a menudo patologizador, explica la transexualidad desde una perspectiva biologicista, entendiéndola como algo antinatural y problemático.

Por otro lado, y de forma más minoritaria, algunas personas transexuales mantienen un discurso más alternativo y transformador tratando de escapar a la definición psiquiátrica de la transexualidad y visibilizando sus cuerpos para decir que existen otras posibilidades más allá de los cuerpos de hombre y de mujer, y que existen otras identidades que sin duda dinamitan el binomio.

Si hiciéramos un análisis sociológico de estos dos discursos casi opuestos veríamos que esta disparidad tiene que ver con variables socio-demográficas como la edad, el nivel de estudios, el lugar de residencia o el nivel de ingresos. No todo el mundo puede permitirse un planteamiento crítico con su cuerpo porque muchas veces no ha tenido las herramientas para pensarlo, para pensarse y cuestionarse o simplemente no ha tenido ningún referente en el que basarse. La definición biológica es útil para unos, mientras que otros prefieren buscarse más allá del DSM-IV (manual de enfermedades mentales norteamericano donde se encuentra catalogado el trastorno de identidad sexual).

Personalmente, me identifico más con un discurso transformador, pero no pretendo con ello ser representativo de la comunidad transexual ni que mis palabras sean consideradas como una versión única y verdadera. Hay mil formas de entender y vivir la transexualidad. Es decir, que el hecho de que yo no viva mi identidad con sufrimiento no implica que aquellos que así lo sienten estén mintiendo. Tenemos que saber escuchar esos mensajes y, lo más importante, interrogarnos sobre por qué existe ese sufrimiento y, sin duda, dónde se genera ese discurso del sufrimiento trans.

En el seno del movimiento asociativo trans existen ciertas tensiones en torno a la definición de lo trans y sus límites. A partir de cuándo se empieza a ser trans y cuándo se deja de serlo. He querido señalar esta fragmentación del colectivo porque se acostumbra a funcionar con el estereotipo clásico de la transexualidad “normativa” y se dejan de lado las otras posibilidades alternativas. Y a la hora de hablar de lucha trans y de feminismo es esencial poner sobre la mesa la diversidad entre las personas transexuales y saber desde qué perspectiva trans hablamos y desde qué lugar pensamos en la alianza.

Lo que propondremos a continuación es precisamente cómo puede interpretarse desde la perspectiva feminista que las personas pasen de un género al otro y legitimen de esta forma el binomio hombre-mujer, una transición que ha sido cuestionada de forma muy crítica desde el feminismo. Y entonces surge la pregunta: ¿una persona que nació como mujer y que ha pasado a ser un hombre y reproduce el modelo de masculinidad patriarcal podría ser feminista?

La pregunta está mal planteada. Como hemos dicho anteriormente, existen formas distintas de pasar de un género al otro. Algunos de nosotros no somos ni queremos ser hombres ni tampoco mujeres, somos personas que vivimos en un género como el resto de personas en nuestra sociedad, pero no pensamos que seamos hombres por el hecho de vivir en masculino. Si sólo puedo escoger entre vivir como un hombre o vivir como una mujer, me resulta más fácil hacerlo como un hombre. Eso no quiere decir que sea un hombre, sólo quiere decir que, dado el sistema social en el que vivo, prefiero una opción a otra, aunque en el fondo preferiría no escoger ninguna. Preferiría vivir buscándome, haciéndome preguntas, vivir dudando sin tener que llegar a ninguna meta, sin punto final en mi recorrido, sin tener que encasillarme.

Por todo esto, quizá deberíamos reformular la pregunta y decir algo así como: ¿una persona que nació como mujer y que ahora vive en masculino, pero al mismo tiempo trata de resistir a las premisas de la masculinidad patriarcal y visibilizar una identidad distinta, una identidad trans, puede considerarse feminista?

Hay dos conceptos que son básicos para abordar esta cuestión y son los de reproducción y resistencia a los roles de género. Estos conceptos no son contradictorios sino complementarios. Es decir, se pueden reproducir los roles de género y trabajar para resistir y discutir políticamente su significado. Lo que es muy difícil es vivir únicamente resistiendo, sin reproducir masculinidad o feminidad porque no existe un espacio para desarrollar nuestra identidad en nuestro sistema social, nuestro lenguaje, nuestra administración pública sin géneros; no existe la posibilidad legal ni social de vivir fuera del sistema hombre-mujer. Digo esto porque a menudo nos preguntan cómo podemos criticar las presiones de género si al mismo tiempo las reproducimos como hombres o mujeres trans. Y la respuesta es que la reproducción de los roles de género puede ser acrítica o bien estratégica y consciente, pero existe en todo momento en nuestra vida cotidiana.

Nosotros no estamos únicamente reproduciendo masculinidad o feminidad, sino que cuestionamos el sentido de todas estas prácticas y tratamos de ampliar los márgenes, los límites del género mostrando nuestros cuerpos no normativos y transformando el lenguaje con el que hablamos. Reivindicamos que no únicamente existen hombres y mujeres, también existen personas que es probable que socialmente necesiten utilizar las etiquetas de hombre y de mujer, pero que no se sienten en ningún caso representados por ellas. Trans no debe de ser únicamente sinónimo de reproducción, sino también de resistencia.

Sobre la idea de traición de la que hemos hablado anteriormente podemos señalar que históricamente el movimiento feminista ha cerrado sus puertas a mujeres transexuales porque se consideraba que traían consigo una carga de masculinidad implícita, y, del mismo modo, a hombres transexuales porque reproducían los valores de una masculinidad patriarcal y enemiga. Pero ahora que emergen nuevas formas de transitar y nuevas definiciones de lo trans, quien realmente se siente traicionada por nosotros es la comunidad transexual, que nos acusa de ser un obstáculo para la consecución de sus derechos con nuestros discursos contra las categorías de hombre y mujer exclusivas y excluyentes. Dada toda esta complejidad en la que luchamos, pensamos que en la lucha contra el heteropatriarcado es hora de dejar de distanciarnos y empezar a construir redes aliándonos con el movimiento feminista, dado que nuestro objetivo último es el mismo: la lucha contra las presiones de género que nos constriñen y nos debilitan, la lucha contra el heteropatriarcado.

Hay tres puntos básicos que son lugares comunes entre el discurso feminista y el discurso trans despatologizador emergente. Por un lado, la defensa del derecho al propio cuerpo, desde el derecho al aborto hasta el derecho al libre acceso a hormonas y cirugías. O sea, que las personas podamos decidir libremente lo que hacemos con nuestro cuerpo y podamos modificarlo sin necesidad de una tutela psiquiátrica, y que podamos llevar a cabo estas modificaciones a través del sistema sanitario público. En torno a esta cuestión hay también dos discursos dominantes: por un lado, aquel que dice que las operaciones son mutilaciones y son la consecuencia de fuertes presiones de género y que, por tanto, debemos impedir que se lleven a cabo; y, por otro lado, aquel que dice que las personas son plenamente conscientes de sus decisiones respecto a su cuerpo y que dichas decisiones son completamente autónomas y deben ser respetadas.

Frente a estos dos posicionamientos, el activismo trans transformador propone una fórmula intermedia. Se trata de comprender que sin duda existen fuertes presiones en torno al cuerpo, y no únicamente de género, que hacen que las personas necesitemos modificarlo para ser felices. Nuestra utopía, nuestro horizonte es que nadie dependa de estos tratamientos para ser feliz, pero también hace falta ser realista y observar nuestro entorno para darnos cuenta de que esta necesidad que puede parecer típica de las personas trans es una necesidad social que todos tenemos y a la vez legitimamos. Modificaciones hay de todo tipo y reversibilidad: hay quirófanos, pero también hay peluquerías, zapaterías, tatuajes, cosmética, ropa, etc. Eso no significa que todas estén al mismo nivel, pero sí que todos, de una manera u otra, nos customizamos cada día para parecernos a aquellos con los que nos identificamos.

La fórmula que se propone es que teniendo en cuenta que existen presiones sociales que deberíamos combatir, debemos también proteger a aquellos que necesitan de una intervención para vivir mejor consigo mismos. Ser más permisivos con las estrategias de cada uno para ser feliz en su cotidianeidad, menos paternalistas tratando de pensar qué es mejor y qué es peor para cada uno. No es contradictorio luchar contra las presiones de género pero a la vez defender la autonomía de las personas sobre sus cuerpos, puesto que son procesos que ya se están llevando a cabo por la sanidad privada.

Independientemente de nuestras utopías, hoy en día hay muchas personas que necesitan intervenciones para ser felices, y esas necesidades las hemos generado entre todos en un sistema que cada vez más se basa en la imagen, en lo externo y superficial. Así que si legitimamos estos estereotipos de cuerpo y unos determinados cánones de belleza, lo honesto sería responder a esa necesidad que se va generando y cubrirla a través del sistema sanitario público. Aunque nuestro horizonte nunca deja de ser luchar contra las presiones y construir una sociedad en la que nadie odie su cuerpo.

El segundo punto de encuentro con las luchas feministas es la reivindicación de la retirada de la mención de sexo de las documentaciones oficiales y la derogación del artículo 54 de la Ley de Registro Civil del año 1957, aún vigente, que dice que podemos ponernos el nombre que queramos siempre y cuando no induzca a error en cuanto a nuestro sexo. Desde la lucha trans se reivindica que desaparezca la mención de sexo, de la misma forma que desaparecieron la raza, el estado civil o la profesión de los documentos oficiales.

Pero la cuestión es bastante más compleja: ¿hasta qué punto el Estado debe de tener información sobre nuestros cuerpos? Se trata únicamente de la eliminación de la mención de sexo en los documentos públicos pero manteniendo esta información en el Registro Civil, o bien hacer desaparecer también esta información del Registro y de las partidas de nacimiento, de modo que el Estado no tenga ninguna información sobre el sexo de sus ciudadanos. Hay que decir que en este instante el Estado tiene dicha información, pero podemos decir que es bastante ficticia; sabe con qué genitales nacieron sus ciudadanos, pero no sabe nada del género en el que viven. El debate está en si es importante o no tener registradas estas informaciones en algún lugar y si debe de ser obligatorio ceder esa información.

El tercer punto es sobre todo una idea que retomamos de Mauro Cabral, filósofo y activista intersex argentino. Él señala que cuando nacen bebés intersex y su clítoris no supera la medida que el clitómetro estima mínima para ser niños se reconstruye automáticamente una vagina. Desde el momento en que no es un órgano que podrá penetrar en un futuro, el bebé es intervenido. Y añade que esta cuestión debería despertar al discurso feminista de inmediato. La intersexualidad es una diversidad corporal que desaparece, o más bien que se quiere borrar a través de la recomendación de abortos terapéuticos o de los tratamientos de normalización binaria. Y mientras algunos trabajan por su extinción, otros deberíamos trabajar por su conservación y su empoderamiento.

El cuarto y último es la lucha contra la patologización en la que llevamos trabajando tres años desde distintos colectivos del Estado. Una lucha que el pasado mes de octubre culminaba con una movilización internacional en más de 40 ciudades de todo el mundo. Y lo más excepcional, una movilización que partía de colectivos del Estado.

La patologización de la transexualidad es un mecanismo de discriminación que se basa radicalmente en los patrones de un sistema binómico y heteropatriarcal. La patologización es violencia de género, como también lo son los tratamientos a las personas intersex. Y lo es en tanto que la justificación de estos tratamientos es la adaptación a un sistema que cuestionamos. El movimiento feminista y el movimiento trans lo cuestionan desde distintos lugares, pero lo cuestionan.

Estos cuatro puntos de lucha son claves para la alianza con el movimiento feminista, herramientas con las que pensar nuestros discursos y nuestras estrategias. Sin duda, hay muchas otras cuestiones interesantes acerca de las que reflexionar, pero hemos pensado que éstas eran las más simbólicas y urgentes.

Esta es nuestra propuesta: que nos aliemos para combatir un sistema contra el que ya luchamos, que hagamos un frente común y que seamos conscientes del alcance de las presiones de género, que no jerarquicemos las violencias sino que las tengamos todas en cuenta. Seguramente una de las bases del llamado “transfeminismo” es que la violencia de género no es la violencia contra las mujeres exclusivamente, sino que se materializa de muchas formas distintas y, por tanto, el sujeto de la opresión no son exclusivamente las mujeres. Esto no es ninguna derrota, ningún freno; al contrario, es una riqueza y es un éxito darnos cuenta de que podemos construir un proyecto juntxs.

Hablar de los límites del movimiento feminista identitario no debe suponer una crisis sino una oportunidad. De hecho, que estas Jornadas Feministas estatales se hayan abierto a la perspectiva trans es una gran victoria. Y para nosotros es fundamental que el movimiento feminista coloque en su agenda todas estas cuestiones y las aborde y discuta, las debata y las reflexione. Algunas son más urgentes que otras, y para nosotrxs, sin duda, la despatologización o, lo que es lo mismo, la retirada del “trastorno de identidad sexual” del próximo DSM es un tema crucial en el que necesitamos vuestro apoyo y vuestra energía.

Miquel Missé (Barcelona, 1986) es sociólogo y activista trans de Barcelona. Forma parte de la Red Internacional por la Despatologización Trans y es uno de los dinamizadores de la campaña internacional “Stop Trans Pathologización 2012”.

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