Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

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Ramón Martínez

Caminamos a hombros de gigantes. Toda una generación de activistas por los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales han conseguido que, en apenas diez años, España se haya transformado de un país de chiste homófobo en un Estado igualitario con matrimonio para todos y todas, de un teatro de travestis en un parlamento con personas transexuales, de un páramo en blanco y negro a una selva ilustre de cientos de colores que empieza a hablar con fuerza de la bisexualidad, a luchar contra el monosexismo. Una sola generación ha aportado tanta luz a nuestra leyenda negra que hoy somos tan visibles que podemos llegar a cegar. Caminamos a hombros de estos gigantes; por eso ahora nuestra mirada puede llegar mucho más lejos.

¿Qué es lo que viene ahora? Después de haber conseguido las dos grandes leyes: el matrimonio igualitario gracias a la reforma del Código Civil de 2005, y la Ley de Identidad de Género de 2007, que empieza a ser urgente renovar, ha terminado toda una etapa en la reivindicación de los derechos de las personas no heterosexuales. Como sucedió con la consecución del voto de la mujer, que sumió al feminismo en unas cuantas décadas de confusión, nuestras dos leyes se han convertido en nuestro propio muro de Berlín que, una vez caído, nos ha hecho creer que ya está todo logrado. Hemos visto caer, casi sin darnos cuenta, una época de dominación, en que sólo una parte de la población tenía asegurados sus derechos, que eran por tanto privilegios, y levantarse un nuevo momento, la hegemonía, en que, al menos legalmente, la relación de poder entre hétero y no heterosexuales ha desaparecido y, ahora, todos y todas nos relacionamos de un modo igualitario, sin que parezca existir ningún trazo de discriminación. Pero, aunque es cada vez más frecuente escuchar que ya está todo hecho, que qué más queremos, tanto de boca del antiguo lobo homófobo que hoy se viste de cordero liberal, como tristemente de muchos y muchas que en su día padecieron su odio y ahora no aciertan a seguir percibiéndolo; y aunque esta graciosa hegemonía, con su ficción de igualdad, haya provocado un misterioso discurso de la intimidad, donde se aferran aquellos que consideran la orientación sexual y la identidad de género como cuestiones privadas, asuntos que no hay por qué “airear”, porque hay que ser “normal”, “decente” y todas esas palabras que nos invitan a una forma de pensamiento que más que posiblemente no sea la adecuada para lo que nos ocupa; a pesar de todo esto, la discriminación sigue ahí, agazapada, disfrazada con el carísimo traje del neoliberalismo, haciéndonos creer, como el escorpión, que nunca más volveremos a sentir su picotazo.

Ha empezado un nuevo tiempo, “postgay”, lo llaman algunos; y es preciso y urgente que reajustemos los instrumentos: que tengamos a mano el microscopio que a las feministas sirve para analizar el micromachismo y lo adaptemos para hallar el virus de las microdiscriminaciones que padecemos, que sus “gafas del género” puedan servirnos también para mirar la realidad más allá de la legalidad; que cuando observemos por el telescopio mientras escuchamos a las sirenas susurrando que todo está hecho, que ya no necesitamos un movimiento que nos defienda, seamos capaces de gritar “¡pero se mueve!” al contemplar nuestro universo. Porque, como en la mitología, los increíbles gigantes que nos precedieron son ahora estrellas que pueden guiarnos. Usemos por eso todos nuestros instrumentos, viejos y nuevos, para seguir navegando. Queda todo por hacer y, por mi parte, con esta columna a la que hoy doy comienzo, intentaré contribuir a nuestro viaje. ¿Me acompañas? Prometo que algún día pisaremos juntos las playas de Ítaca.a

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