Feminidad masculina

aFeminidad masculina

EDUARDO NABAL ARAGÓN

Este artículo no es una réplica a “Masculinidad femenina”, entre otras muchas razones, porque yo no tengo la experiencia vital ni el bagaje teórico de Hallberstram, y nuestra procedencia o trayectorias sin ser antagónicas se sitúan en coordenadas espacio temporales comparables.

Tampoco tengo una universidad detrás. En Burgos, tratar estos temas, es simplemente marciano. Aunque empieza a dejar de ser considerado un capricho o una excentricidad en muchos círculos (másteres, grupos de reflexión, publicaciones recientes…) parece que todavía tenemos que demostrar algo que no tiene que demostrar alguien que escribe sobre el racismo, la guerra civil, la inmigración, El Rey, la crisis, incluso el deterioro urbanístico la plaza de su pueblo. Pero si hay algo que debo al clásico de Hallberstram (traducido por Javier Sáez para Egales) es la posibilidad de que algunas de las cosas que expongo se apuntalen o más bien surjan de ámbitos culturales que me son más o menos familiares como son el cine, el menor medida la literatura, y en mucho menor medida la música. Ella habla de su experiencia aunque las masculinidades europeas y/o mediterráneas no se articulan siempre de la misma forma que las feminidades o masculinidades en el mundo anglosajón, aunque se influyan o interrelacionen ni he disfrutado o no de las mismas comodidades e incomodidades que Jack H. Pero si pensamos en ellos tanto juntos como por separado se pueden decir cosas nuevas sobre un tema que en teoría es tan viejo como la historia. No me interesan más lo necesario, ni chamanes, ni castrati ni ejemplos exóticos. Escribo en el contexto en que habito (y aunque ejemplos como el suicidio de Mishima o los rudos pero bisexuales beatniks son de otros ámbitos) los enmarco entre los ejemplos que bien –o más bien mal- ha asimilado la cultura occidental y europea. Es muy posible que quien lea este artículo tenga ya una idea de lo que va a leer, pero seguramente se equivoca. Hay pioneros en nuevas formas de entender la masculinidad (desde los dandys que acompañan a Wilde a los beatniks pasando por el rock, folk de los cincuenta o imágenes de actores como Sal Mineo, Anthony Perkins o Michael York). La cosa es más compleja. La redefinición de los roles de género en el núcleo familiar, los avances del movimiento LGTBQ, los estudios recientes sobre la masculinidad, el hombre objeto de los anuncios… muchas cosas como caja de herramientas. También los hombres y los chicos que te encuentras en la calle, en el trabajo, en la biblioteca, en el bar, los que llevan dos pendientes… Sin duda algunos temen que haga uso de la alta filosofía pero mi referencia es “Epistemología del armario” y personas que se han convertido en personajes además de una multitud de hombres que fracasaron en la representación de la masculinidad hegemónica o, visto de otra manera, se adelantaron a su época, rompiendo moldes. Son ineludibles los niños mariquitas o los heteros con pluma-victimas ambos del bullyng escolar-, una nueva juventud más conectada a redes de sobreinformación, incipientes enfoques transfeministas y queer. Pero también entran por vías de cultura y subcultura los antihéroes de Patricia Highsmith, los perdedores de Tennessee Williams, los héroes del movimiento hippy, las caderas de Elvis Presley, los marineros de Einsestein, el esqueleto de Robbie Williams o los incipientes movimientos gays de los países árabes.

Hasta hace poco existía el tópico a lo Ana Karenina de que “todas las adolescencias heteros se parecen y cada adolescencia bollera o marica lo es a su manera” o bien el inverso cuando una persona sale del armario (un concepto muy productivo e interesante pero lleno de limitaciones y paradojas ) mucha gente (sobre todo desconocidos) se imagina(ba) un modelo de infancia y adolescencia estereotipada como, en el mejor de los casos, el protagonista de la película canadiense C.R.A.Z.Y, lidiando con su fascinación por David Bowie y a la vez intentando conseguir una imagen corporal que fuera deseable para exigentes jóvenes (¿hombres?), mientras mantiene, por poco tiempo, una novia persistente por la que apenas siente atracción física. Entre el narcisismo y el fracaso ante modelos viriles. Jóvenes, al menos hasta hace poco, destinados a competir en ese ente abstracto llamado “el ambiente”. Como decía Foucault el homosexual ha pasado de ser un relapso a ser una especie: una infancia, una anatomía, unos “antecedentes” una biografía e incluso un destino o futuro común. El matrimonio y la idea del amor romántico sirvieron a la causa y la visibilidad pero también aumentaron divisiones no necesariamente económicas pero si de reconocimiento público entre gays y lesbianas casados y los que no. Sin recurrir al baremo de Gayle Rubin una pareja casada sin muchos recursos podía, en principio, tener menos movilidad que un gay solo y con dinero, pero el reconocimiento social y el juicio de sus “vecinos” (sobre todo dependiendo de ámbito en el que se moviera) era muy distinto.
Pero no quiero escribir otro artículo sobre los gays en la cultura. No porque haya muchos: en castellano la producción editorial y académica sigue siendo irrisoria. Sino porque creo que el heterosexismo tiene muchos vericuetos y una de los más importantes está relacionada de forma cada vez mas evidente con el género, con eso que llamamos para bien y para mal masculinidad y feminidad cuestionando y a la vez reforzando ambos resbaladizos conceptos.

Es curioso porque en épocas de crisis de la industria de la cultura y el espectáculo los futbolistas han logrado una importancia social, nacional, emblemática desmedida, desplazando a otro tipo de famosos/as. El público los necesita. La masculinidad llorada de los que convirtieron a “El club de la lucha” en un éxito de culto son mayoritaria, pero no únicamente, publico heterosexual masculino, buscando esa parcela perdida de comunión homosocial que les había arrebatado (solo en parte) el movimiento feminista, LGTB o antirracista. Incluso reclamando la violencia, la crueldad y el individualismo competitivo. Frente a los “maricas” que anuncian cremas están esos chicos que miran a Atapuerca con nostalgia, porque el mundo contemporáneo los ha feminizado y/o alienado. Los cocineros de las sociedades gastronómicas son una triste réplica a la mujer, esposa o madre que hace siempre la comida. Arguiñano es un pionero pero establece una distinción entre “El cocinero” artista y las cocineras, artesanas.

aHablar de de feminidad masculina, es también, hablar de experiencias de exclusión a lo largo de la historia lejana y reciente, de oprobio y malentendidos pero también es hablar de interesantes paradojas que supusieron distintos grados de conquistas sociales e históricas.

Todos los y las heteros tienen ideas propias y, en ocasiones, alto extravagantes o contradictorias sobre la gente LGTB como grupo, también sobre la masculinidad y la feminidad como sistemas. Incluso en medio de grandes seísmos producidos recientemente, de avances significativos de los que hablaré y de recientes retrocesos sobre los que no callaré.

Hay quien afirma que confundir la homosexualidad con la feminidad es un error de base. Y, en parte tiene razón. Fortudos boxeadores, jugadores de rugby, motoristas o incluso coroneles han “salido del armario”. Recientemente hemos visto al musculoso y tatuado protagonista de Prision Break, Wentworth Miller, oponiéndose públicamente a la homofobia del régimen de Putin y declinado su invitación a acudir a Rusia. Pero las cosas son más complicadas. Ante afirmaciones, oídas de la gente que ha hecho cursos y cursos de sexología, que “azul” más “azul” es más masculino (lo más masculino de todo) es dar por supuesto no solo esencialismos de género mantenidos por la medicina o la biología- sin tener en cuenta aspectos culturales y/o educacionales- sino también obviar que el deseo nos coloca en una posición compleja y cambiante con respecto a la masculinidad hegemónica, a pesar de los cambios sociales. Pero tampoco es ese el tema de ese libro sino más bien la historicidad, los secretos, los avances y el voluntarismo que hemos encontrado, encontramos y encontraremos en los biohombres que han adoptado, ya desde tiempos remotos, posiciones femeninas o consideradas como tales. Entran los hippies, las flores y ese eufemismo llamado “amor libre” pero también los esclavos negros, los que van encima de la carroza del Orgullo Gay y los que construyen carreteras a las órdenes de Ana Botella. Están los gigolós, los chaperos, los hombres objeto (y aquí entran muchos nombres, en principio, heterosexuales), los hombres sensibles, la gente con diversidad funcional, los seropositivos (que en ocasiones son doblemente feminizados y/o estigmatizados desde muchos frentes) o los mal llamados “mantenidos” por una cultura machista de la que tampoco escapan alagunas mujeres. Además de los solterones o los primeros grupos de deconstrucción o cuestionamiento de la masculinidad en países donde el machismo histórico, social, religioso y/o cultural sigue siendo sangrante. Entran los activos y los pasivos, los niños con pluma (independientemente de sus gustos sexuales) y también los que por distintas razones abandonaron un tipo de mercado laboral hecho, en su momento- ya no tanto-, a medida del varón productivo y se retiraron de muy diferentes maneras a otras formas de vida, hoy bastante difíciles de llevar. Entran los hombres fatales (como el Victor Mature de “El embrujo de Shangay” sustituyendo a Marlene Dietrich en una película de Von Stemberg), los románticos con sus vidas aventureras y/o enfermizas y los rockeros glam pero la intención del libro no es el de estudiar el campo de la androginia o apropiarse de cosas ajenas sino simple y llanamente hablar un poco la “feminidad masculina”. Puede entrar el asesinato de Mathew Sheppard (un asesinato homófobo pero también plumófobo) pero también la posición de Genet “adulto” en los panteras negras, o los que siguen buscando hueco y/o relevancia en partidos y sindicatos, hombres o mujeres. Este artículo debe mucho al feminismo, al transfeminismo y a la teoría queer, también a algunos estudios recientes sobre las masculinidades, pero sobre todo debe m. Ni siquiera pretendo compararlos. Tampoco deben quedar en segundo plano los personajes de ficción. Máxime cuando han cobrado tanta relevancia y parece cada vez más claro que feminidades y masculinidades no dejan de ser, en el fondo, ficciones aceptadas. Ha pasado la era Van Damme (no del todo) pero estamos en la era crepúsculo y de la vuelta a las tres dimensiones o el gore. Frente a todo demasiados muertos en la puerta de la discoteca de Johnny Deep. Es curioso porque Deep aparece en algunas películas como feminizado pero su masculinidad parece en principio , para las masas, mas tranquilizadora que la de Joaquín Phoenix, Robert Downey Jr. o Benedict Cumberbatch, a los que muchas veces se les ha aplicado la etiqueta de “raros” sin explicar muy bien porqué . La izquierda no ha renovado mucho su imaginario con referentes que ya chirrían como Nicolas Maduro, los héroes de varias revoluciones del siglo pasado o a Pablo Iglesias, sin ir más lejos, a parte de su valía política. A Estopa, Sabina o Bisbal no les gustaría que los metieran en el mismo barco, pero los tres comparten unas canciones donde dejan su impoluta y/o agresiva “heterosexualidad” fuera de toda duda. Si durante mucho tiempo se ha infantilizado a las mujeres (desde la edad media a las leyes de Gallardón) a pesar de los cambios efectuados por el feminismo también se infantiliza- de otra manera- a hombres gays o que lo parecen. En este sentido ¿podemos considerar femenino al River Phoenix de “My own private Idaho” viendo los Simpson o declarándose a un “amor imposible”?. En una paradoja polémica pero interesante los psiquiatras encargados de analizar la mente de Rafi Escobedo llegaron a la conclusión de que “era lo bastante inmaduro para dejarse convencer del crimen” (asesinato de los Marqueses de Urquijo) pero “no lo bastante maduro para cometerlo en solitario”. Las ideas de Edipo combatidas por gente como Deleuze aparecen tanto en la ficción pro-gay de Gus Van Sant como en las páginas de “El caso” o el “Semana”. John Cameron Mitchell mas cercano a la teoría queer afirma “No hay mucha diferencia entre un muro y un puente, si yo no estuviera en medio tu ni siquiera existirías” en boca de Hegdwig, el protagonista de su brillante musical trans “Hegdwig and the angry inch”
He pensado muchos ejemplos para incluir en esta reflexión parcial. Pero creo que los unos no se excluyen a los otros. Aaron Swartz, un joven estadounidense libra una batalla desigual (David contra Goliat) con el libre acceso a todos los documentos en Internet. No llega al llamado “terrorismo informativo” del individualista Assange pero es un niño prodigio hasta que empieza a molestar al sistema capitalista.

Las grandes corporaciones y asociaciones contra la Piratería lo llevan a los tribunales por su incansable ciberactivismo. Poco después el joven se suicida, o esta es la versión oficial y la “de su novia”. La posición de Swartz tiene algo de guerillero en el sentido (antiguo y tradicional) del término pero también una posición también considerada (erróneamente) femenina. Como “Thelma y Louise” no se enfrenta al arbitrario sistema legal estadounidense o a los prejuicios vigentes sino que toma el camino de la huida hacia “adelante” precedida de una grave depresión debido a la presión que soportó por las autoridades Swartz es para algunos un héroe para otros un antihéroe. Su masculinidad de estudiante aplicado choca con actividades más o menos nocturnas en las que utiliza “con otros fines” aquello que ha aprendido precozmente. Al hablar de la feminidad masculina se entenderá mejor por dónde van los tiros. Porque la primera y más sonada víctima de los gobiernos en ese terreno durante el siglo XX fue el hoy célebre y pionero Alan Turing, que pasó de héroe a maldito cuando la homofóbica sociedad inglesa de los cincuenta le obligo a hormonarse, para eliminar esa feminidad, que supuestamente le conducía a la sodomía.

Los casos son muy diferentes. También es distinta la orientación sexual pero hay algo que los une y es su enfrentamiento directo con sistemas legales que ellos no consideraban éticos. Las leyes sobre el copyright en un caso y las leyes sobre “inmoralidad” en el otro. La batalla la tenía pérdida de antemano y dejaron de luchar a pesar de su carácter valiente y que hoy son considerados pioneros. Si se heterosexualizó para el cine la figura de Nash (premio nobel de matemáticas dependiente de su esposa en el terreno de la inseguridad psíquica y con graves problemas mentales) no es posible hacer lo mismo con Turing ya que su leyenda es demasiado clara. Como dice Sadie Plant (Ceros más unos) héroe de guerra pero desertor de la máquina binaria del género. Incluso la famosa manzana mordida de Apple, voluntariamente o no, remite a esta historia de Blancanieves-Turing y la Madrastra-Justicia en la Inglaterra que hoy, como a Wilde, le ha resarcido. Es fácil pedir disculpas a los muertos. Esa misma legislación recayó sobre el cantante pop George Michael cuando fue descubierto en haciendo “cruising” o ligue en público en unos baños públicos. Aquí el mecanismo se complica porque pone en evidencia que los mecanismos que utiliza la “policía moral” para cazar a los gays. Comportarse como uno de ellos (¿ellos?), incluso coquetear con ellos o como en este caso “enseñarle su miembro” e incluso compartir caricias antes de “esposarlo”. A pesar del fallo condenatorio Michael (que ya tenía una pata fuera del armario por las letras de sus canciones y su aspecto físico) sacó partido a la situación y rodó un video satírico sobre policías y baños públicos que no solo molestó al guardián en cuestión sino que impulsó su carrera, aunque desplazándola levemente hacía un ámbito donde lo implícito se hacía explícito.

Pero Michael no dejó de cantar, tomo una postura activa y desafiante. De hecho hoy –si nos abstraemos de ciertos códigos y subculturas- el aspecto del cantante es canónicamente más “masculino” que cuando lucía melena teñida de rubio para el grupo “Wham”. El hecho de que pensemos que tanto la masculinidad o la feminidad son construcciones culturales- además de elementos relacionales- y que, a la luz de la teoría queer, hasta la materialidad del sexo sea una imposición del heterosexismo no podemos negar que, como decía Eve Kosofsky Sedgwick, el hecho de descubrir o desvelar que algo era meramente “cultural” no suponía ni supone necesariamente que se pudiera cambiar de la noche a la mañana. Debemos mucho a elementos culturales que no vemos de puro obvios. Mucho a esos espejos socioculturales en los que nos miramos todas y todos.

aDesde siempre los feminismos se encontraron con barreras psicológicas muy fuertes y su intento de politizar el ámbito o la llamada “esfera privada” no siempre dio los resultados esperados.

Unos postulados sustituían a otros, los movimientos de mujeres se diversificaron y frente al “la lesbianas no son mujeres” de Monique Wittig encontramos la reivindicación desde muchos frentes del “feminismo lesbiano” que entonces incluía un rechazo a las jerarquías, un ataque a la pornografía o el sadomasoquismo y el poner lo femenino como modelo bien sea para la ecología, la literatura, la maternidad o la ocupación de espacios autogestionados, lejos de la supremacía social masculina y los referentes viriles. Los más recientes estudios de la masculinidad han cuestionado la violencia machista o los roles competitivos pero no siempre han llegado al terreno de la heterosexualidad obligatoria (ni la existencia lesbiana) porque allí las cosas se complicaban y no solo por razones de miedo o secretismo sino porque ese espacio ya era terreno de combate de un movimiento LGTB con el que compartía algunas cosas pero no otras muchas.

La victimización oportunista de las mujeres, los grupos de autoayuda, el cuestionamiento de las masculinidades en el tiempo y el espacio dieron frutos contradictorios, interesantes, pero que, en ocasiones, sin quererlo ni saberlo ampliaban las masculinidades sí, pero las masculinidades heterocentradas. Nacían “los hombres contra el patriarcado” llenos de buenas intenciones, mejor vistos por el feminismo tradicional y/o institucional que por las nuevas corrientes dentro de los movimientos LGTBQ que politizaban la sexualidad, lo corporal y no creían, de entrada, en las “relaciones igualitarias”. Fenómenos como la prostitución, la pornografía o incluso el mismo lesbianismo separatistas causaron no pocos enfrentamientos. También la homosexualidad masculina se convirtió en un territorio resbaladizo (visto con desconfianza por derechas e izquierdas) más aún cuando los movimientos por la liberación sexual empezaron a recoger las vigorosas demandas de los y las transexuales, transgéneros o minorías eróticas y se rompió la dinámica de contentar al mundo “heterosexual”. Pero es obvio que la homofobia no solo la sufren los gays o lesbianas sino que sus daños colaterales son cuantiosos, desde los niños con pluma, los hombres “femeninos” hasta la imposición de determinadas normas de género en determinados ámbitos o profesiones o la estigmatización de personas por su estado serológico.

A lo que viene a sumarse un enemigo casi común: la religión o, mejor dicho, las Iglesias oficiales. Si figuras como Jean Genet contribuían a unir la homosexualidad con la rebeldía, las causas políticas o incluso el crimen, otros no solo practicaban sino que predicaban la respetabilidad y la “normalización” asumiendo valores caducos o heterosexistas cuestionados incluso por otros movimientos sociales y políticos como el matrimonio monógamo, el capitalismo consumista o formas sutiles de racismo. Decían que Proust se disfrazaba de Albertine para hablar de los hombres pero hay gente como Woody Allen, heterosexuales militantes, que también se han aproximado al llamada “alma femenina” sin nada que envidiar a Cukor, Tennessee Williams o Lorca. Pero ¿es, en principio, en una sociedad de héroes algo dudosos (el paso de los EEUU de los ochenta a los noventa) el personaje-persona de Allen subversivo por no responder a casi ningún rasgo del macho tradicional o combativo? Feo, neurótico, complejo y acomplejado, urbanita, melómano intelectual, eso sí obseso y loco por las mujeres. ¿La aficción de Pasolini o Eloy de la Iglesia por los “muchachos de la calle” los feminiza? ¿Acabó, de formas distintas, con sus vidas? Por qué los hombres heterosexuales- de izquierdas y derechas- encumbraron una película misógina, mentirosa y racista como “El club de la lucha”? ¿Hay un terreno amenazado? ¿Los hombres tienen miedo como dice Despentes o el cambio no es tan grande como lo pintan? ¿Reinventarse o morir? Hay ejemplos en los que la especulación da mucho juego pero puede ser fácilmente rebatible. Sin certeza ninguna ni pruebas fiables algunos pensamos o podemos llegar a pensar que Rafi Escobedo (el presunto asesino de los antediluvianos Marqueses de Urquijo) escondía a un amor de su mismo sexo como presunto co-autor del crimen que lo hizo “famoso”, sin certezas finales. El atractivo físico de Rafi, convertido tal vez en chivo expiatorio de un crimen con varios autores intelectuales y/o materiales, es cuestión de gustos pero su, entonces aireada trayectoria sentimental, al igual que su “pluma” hoy dejan escasas dudas. No solo por las poco fiables declaraciones de su mujer, Miriam (que ha asumido todos los esquemas más detestables del mundo empresarial y estafador masculino que la circundó desde niña), sino porque se intuye cuando habla de ella (su esposa por poco tiempo) notamos que miente y que sentía una profunda aversión tanto hacia Miriam como, sobre todo, hacia los valores nacionalcatólicos de sus avaros suegros. En una sociedad mejor los marqueses no existirían y, tal vez ni gente como Rafi ni como su mujer, ahora estafadora profesional. Lo que feminizó entonces a Rafi (que fue definido como bastante “masculino” por quienes lo conocieron) – si llegó a feminizarlo- fue su entrada en prisión pero sobre todo el que se quedo solo (lo dejaron solo) en un momento en el que los mass-media buscaban morbo, sensacionalismo, escándalos y sangre. La experiencia de ser torturado y vejado por la policía como lo fue el no feminiza, envilece, pero revela las formas de pensar la masculinidad de los torturadores como cuenta Judith Butler en “Vidas lloradas”. Su experiencia en prisión, de otro modo y a otro nivel, feminizó al novelista negro Chester Himes como cuenta en su ópera social y fresco literario “Por el pasado, llorarás”, donde hay algo mas entre rejas que desahogo homosocial, surge el amor, igual que en “La celda de cristal” de Patricia Higsmith . En el caso del “genial” Assange (refugiado en una embajada) se ha demostrado su relación complicada pero relación al fin y al cabo “relación” con el otro sexo, a pesar de su aire de individualista, dandy o ciberterrorista encantador e impulsivo. También la rivalidad casi homosocial que insinúa con elegancia Bill Condon (Dioses y monstruos) en “El quinto poder” ante su primer colega, compañero de batallas, rival y posterior enemigo encarnado por Daniel Brüll. El no acusa a Assange de mentir sino de “no elaborar la información”, de poner en peligro a gente a través del lanzamiento de “bombas informativas”, de “hablar por hablar”: Que el joven protagonista de “Taking Woodstock”, judío y bisexual declarado sea más femenino que los dos protagonistas de Brokeback mountain (ambas películas dirigidas por Ang Lee) puede desconcertarnos pero hay una frase en la que Ennis del Mar que, en otros aspectos es el más hosco, sumiso y pasivo de los personajes, sitúa a Jack en una posición de exterioridad al gritarle con celos “Se lo que tienen en México para los chicos como tú”. La relevancia de esta frase reside su estructura profunda. “Yo no puedo darte lo que me gustaría darte tantas veces, me sustituirás por un montón de chicos (¿chaperos?) que no se esconden como tú pero empiezan a ser yo, empiezo a conocerlos, necesito ponerte a su lado de la barrera porque el deseo me impulsa donde la Ley Patriarcal me expulsa”.

El que la aficción a las jovencitas de Woody Allen o, sobre todo, Roman Polanski les han pasado factura pero nunca del mismo modo que las especulaciones sobre Michael Jackson. En un acto de brutal racismo y autodesprecio Jackson comenzó a blanquear su piel, con catastróficos resultados. Algo parecido ocurre con los gays en el armario que hacen ostentaciones públicas de masculinidad hetero (passing u ocultamiento). Pero es curioso porque al menos ha habido una ruptura que no se ha producido (aunque está a punto de producirse en el movimiento lésbico) y se empieza a ver la feminidad masculina como performance pero hay más resistencia a negar el esencialismo en el caso de las butch y las femmes entre las que hay un espacio intermedio cada vez más poblado, como también entre hombres y mujeres. Monique Wittig y Franz Fanon, dudo que se leyeran el uno a la otra y viceversa, coincidieron en compara algunos aspectos al comparar la situación de las personas racializadas con las mujeres como grupo oprimido o “minoría cualitativa”. Deleuze también hablo del devenir hombre o devenir mujer pero sus tesis no fueron bien comprendidas porque utilizaba esquemas del psicoanálisis y la antipsiquiatría que llegaron muy poco al movimiento feminista y nada al movimiento LGTBQ, que quedo a merced de la ideología del médico en cuestión. Niños delicados y sensibles hasta lo enfermizo de los relatos de Tennessee Williams (El parecido entre una caja de un violín y un ataúd, Lo importante) no tienen nada que envidiar a la niña proto-lesbiana o proto-queer de “Frankie y la boda” de Carson McCullers. Algunos niños con pluma o viviendo en los llamados “ambientes femeninos” fueron luego hombres hiperviriles y llenos de contradicciones vitales o creativas como el delicado niño Mishima convertido en un musculoso guerrero con arranques de locura imperial (otra forma de passing) . Estamos ante una época de retrocesos en forma de sangría bancaria, corrupción política y derechización de las costumbres. Pero esperemos haber aprendido algo de la historia y responder, luchar, opinar en vez de hacernos el harakiri para tener “diez minutos de gloria”.

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