La España LGTB: caída y gloria

La España LGTB: caída y gloria
LUIS ANTONIO DE VILLENAa

SI AHORA -con motivo del famoso Día del Orgullo y sus festividades- echamos una ojeada al mundo LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) en España, tendríamos que convenir en un general optimismo. En primer lugar por las leyes igualitarias que existen en el Estado, en segundo lugar por el carácter en general tolerante y abierto de buena parte de nuestra población y si se quiere, además, porque este colectivo ha sido recibido por los nuevos Reyes en una de sus primeras audiencias. Felipe y Letizia parecen querer ser más modernos que sus antecesores (lo que tiene su lógica) y han recibido los cuentos con temas homoparentales que se les han regalado para la princesa y la infanta… Y ello, hablando dentro de nuestro entorno europeo o americano, pues en los revueltos países islámicos y en muchos africanos, el tema, oprobiosamente, no ha salido aún de la más brutal caza de brujas o el silencio absoluto. Somos afortunados (como los holandeses o los daneses) pero si miramos con mayor detalle y cercanía, cabe hacer algunas puntualizaciones…

Cuando la homosexualidad (en general) empezó a hacerse claramente visible en nuestro país y nombres conocidos o significativos -desde escritores a jueces- salieron del armario, muchos heterosexuales, que pensaban en términos de negocio, creyeron atisbar el advenimiento de un nuevo público comprador, soltero y con poder adquisitivo, que empezaba a dejarse ver por Chueca en Madrid o por el Ensanche barcelonés. Surgieron (digamos 1996-97) tiendas de ropa elegantes y pareció que los temas gays y lésbicos se ponían de moda. No había editorial (aparte de las pocas especializadas) que no echara su cuarto a espadas, con novelas o libros de esa temática. Lo gay estaba de moda. Pero el sueño duró muy poco.

El público LGTB no es especial, es sólo una parcela del público nacional, que si suele estar más concienciado con el tema de sus derechos, tiene las mismas brechas y carencias en el terreno cultural que el resto de los españoles. En un país desafortunadamente inculto y poco lector (pese a su notable cultura) gays y lesbianas -los chicos peor que las chicas- no son excepción. Así es que el tema LGTB vende mal. Y así las editoriales que hasta hace unos años se pirraban por un texto gay, hoy -y no sólo por la crisis- lo rechazan. Los gays leen poco y entre los lectores heterosexuales (de nuevo las mujeres son mejor) aunque les alegre el bienestar del colectivo LGTB, entienden que su tema no les alcanza. Yo, de adolescente, leí con fervor los poemas amorosos de Pablo Neruda o de Pedro Salinas, siempre dedicados a mujeres y sé que hice y hago bien, ¿por qué no leer buena literatura homosexual -hay mucha- aunque tú no lo seas? Importa el texto no el destinatario o destinataria. Podemos decir así (aunque parezca un tanto rotundo) que, tristemente, en estos tiempos de bienandanza al respecto, lo gay o lésbico no están de moda. Fallan públicos pobres en lectura y pobres en educación lectora. Y me detengo sólo en un aspecto de los posibles. En Francia, por ejemplo (y pese al momento no brillante de la cultura francesa y la caída de su lengua a nivel mundial) el mundo lector -también el LGTB- es bastante más rico que en España. Llevan más años de libertad al respecto, cierto, pero eso no lo explica todo.

De otro lado (y aunque en esto sigamos pautas generales del mundo occidental) el hecho de que la homosexualidad, en general, haya entrado dentro de la llamada corrección política -la Rusia de Putin no será moderna hasta que deje de denostar a los homosexuales- esa pertenencia ha hecho que, casi imperceptiblemente (algo que hubiera sido increíble para los luchadores ilustrados de los 70, tipo Michel Foucault) los homosexuales vayan entrando o pareciéndose más a los heterosexuales. Ya no somos una opción distinta -como marcaba nuestra propia cultura, rica pese a los siglos de prohibición- sino otro estilo. Los homosexuales se casan y tienen niños adoptados o más frecuentemente propios a través de inseminación o vientres de alquiler. Empiezo por decir que me alegro de todo esto en lo que significa de necesaria igualdad de derechos, pero que yo sigo siendo partidario de nuestra propia cultura. No negaré el encanto y la novedad de la niña que tiene dos papás o del niño con dos mamás. Es algo estupendo y nuevo, para muchos. Pero no me gusta llamar «marido» a mi pareja, porque todavía «marido» es semánticamente un término plenamente heterosexual. ¿Por qué no presentar a tu chico como «mi amante» o «mi compañero»? No es distinto, es sólo más propio, más homosexual, como la diferencia de edad de las parejas. En la cultura homosexual es normal un hombre de 50 con un joven de 20. Es distinto a la heterosexualidad, tiene otros fines, no procreativos. Pero hoy parece (no me gusta la opción) que una pareja gay es tanto más admitida en todo cuanto más se acerque al standard heterosexual, como llevar a los peques a la guardería. Todo mi respeto, pero ¿qué se ha hecho de la opción «no familia, no niños», la de Gide o Gil-Albert, por ejemplo? Entendamos bien que nada va contra nada y que toda pluralidad es rica. Dicho lo cual, es obvio constatar (forma parte de la ignorancia y la crisis cultural, terrible en España) que el colectivo LGTB necesita revisitar y fecundarse en el estudio de sus viejas y hondas raíces…

LA CAÍDA de la moda gay ha hecho que Chueca, por ejemplo, lejos del modelo que fue, se haya masificado y haya dado cabida al botellón, no específicamente homosexual, por supuesto. Concluyo dos cosas: lo homosexual general debe educadamente extenderse, un gueto (por ilustre que fuera) es bueno al inicio pero no como meta. Y si es bueno que homosexuales y heterosexuales se mezclen con libertad y mutuo respeto, ello no debe ocurrir sólo porque parejas chico/chica se cuelen en las fiestas del Orgullo aprovechando una supuesta permisividad para multiplicar el botellón y la suciedad que genera. Digamos, de paso, que este tema no lo han llevado bien los alcaldes o alcaldesas de ninguna de las grandes ciudades. No se me oculta que el panorama que pinto (y toco sólo lo más general) tiene no poco de ambiguo. El mundo LGTB es respetado, como debe ser, y funciona y al tiempo, es un mundo culturalmente pobre y mimético de la heterosexualidad dominante, aun sin darse cuenta cabal. ¿Qué funciona? La ley y el hábito de la pluralidad moral. ¿Qué no funciona? Esencialmente el olvido de la propia cultura (el gay de discoteca y panda sabatina ignora quién fue y es Luis Cernuda) y la asimilación a la cultura familiar dominante. Es decir, que donde hay pluralidad, falla otra pluralidad más íntima. Con todo, estos problemas parecen nada si nos asomamos al terror islámico de los homosexuales ahorcados en público en Teherán o a la prohibición en Camerún y otros países del África negra donde su presidente esgrime razones como esta: «Con lo guapas que son las mujeres, ¿cómo le puede gustar a un hombre otro hombre?». Y el pobre se ríe desde su ignorancia cruel. La Historia de la Homosexualidad -se ha dicho- es la historia de su represión, y el propio homosexual, más que nadie, debiera conocerlo. Pero que esos espantos cavernícolas existan todavía, no debe llevarnos a dar un rotundo amén a cuanto en nuestro mundo ocurre, así parezca que habitamos ya otra galaxia. Recordemos que aún no hace mucho, aquí, el primer verso de la II égloga de Virgilio (un clásico del latín y de la cultura homoerótica) Formosum pastor Corydon ardebat Alexim -«El pastor Corydón ardía por el hermoso Alexis»- era oficial y burdamente traducido ad usum Delphini, se decía, como «El pastor Corydon ardía por la hermosa Galatea». Sí, claro que hemos avanzado, pero nos falta no echarse en la engañosa bonanza y profundizar -mejor estudio- en nuestra propia y rica cultura.

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