El monólogo del patriarcado

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La homofobia, la transfobia y la bifobia condenan a quienes la sufren al aislamiento y encierro personal cuando no matan. El miedo a ser rechazado y humillado por querer ser como de verdad uno quiere ser puede ocasionar no solo que las víctimas se ahoguen en sus propios sentimientos sino que además aborten cualquier esperanza de cambio para conseguir una vida mejor.

El odio y rechazo social que muchas personas LGTBI sufren, en la mayoría de los casos, acaban deteriorando su salud mental y dificultando la aceptación de su sexualidad o identidad de género.

Todavía en estos tiempos de celebraciones de Orgullo masivas me encuentro bastante a menudo con gente que acude a un grupo de ayuda a personas LGTB con problemas mentales para hablar sobre sus miedos a vestirse de mujer creyendo que les pasa algo extraño. La realidad, por supuesto, no puede ser mas distinta ya que en algunos casos hablar, entre amigos y amigas, del primer vestido puede ser el inicio de un viaje fascinante que nunca se sabe donde acabará.

El caso de las mujeres transexuales que acudían al grupo era bastante distinto y mucho más triste. A pesar de su amabilidad, dulzura, educación y sobretodo buen corazón, Alicia, era victima día sí y día no del rechazo y odio de sus vecinos. Harta ya de, no se sabe cuántas veces, recibir escupitajos, insultos y palizas a cualquier hora intentó suicidarse por enésima vez.

Su peor pesadilla empezó, sin embargo, cuando al despertarse se dio cuenta que había sido ingresada en el pabellón masculino de un hospital psiquiátrico donde todos se mofaban de ella porque era fea como un hombre. En numerosas ocasiones los miembros del equipo encargado no pudieron evitar las continuas vejaciones físicas y verbales a las que Alicia se vio sometida.

Por otra parte, Tony vive en un centro de acogida para gente con serios problemas mentales. Le gusta que le llamen Jenny y no tiene muchos amigos. Siempre lista para ir a sitios nuevos Jenny es la persona que más habla del mundo y nunca da un consejo equivocado. A su lado solo se respira sensatez. De vuelta a casa y la prisión de Tony, Jenny desaparece dejando lugar al caos, al lamento, y al silencio de no poder ser ella misma.

Cuentan, quienes la conocen, que en las noches de desesperación armada con su barra de labios recorre a gritos los pasillos del lugar donde vive mientras con carmín escribe su nombre en las puertas y paredes de sus vecinos.

En este mundo de sentimientos cambiantes hay sitio también para hombres que tras haber sobrevivido a largas condenas de cárcel decidieron, con su estrenada libertad, convertirse en mujeres transexuales como la periodista británica Paris Lees y secar para siempre la fuente de sus tormentos llevando vidas modelo.

A pesar de que asociar transexuales o cualquier otra forma de identidad de género con psiquiátricos o prisiones pueda resultar un poco arcaico todo demuestra que en la conquista por la igualdad LGTBI los transexuales y los intersexuales se han quedado atrás y todavía conviven con las trágicas consecuencias sociales de su disentimiento con la heteronormatividad.

Esto sucede porque las instituciones y figuras patriarcales no toleran que ambos géneros puedan ser complementarios y vivir en un régimen de harmonía sin previa conquista y consiguiente subyugación. La afrenta que ello implica al orden establecido deniega a la gente transexual e intersexual su derecho y libertad a reivindicar su identidad alejándose del modelo heterosexual.

De esta forma adaptando una idea deleuziana se podría afirmar que las personas transexuales e intersexuales se embarcan en procesos de conversión continuos que destrozan los conservadores valores de relación entre hombres y mujeres al tiempo que inventan y desarrollan nuevas formas de coexistencia pacífica entre los géneros.

Al borrar los contornos patriarcales los poderes transexuales e intersexuales destrozan los limites entre lo masculino y lo femenino creando un espacio neutro sin opresiones ni jerarquías legitimando su derecho a vivir según su deseo de ser hombres o mujeres o también una combinación de ambos.

La fluidez transexual e intersexual contrasta de este modo con la rigidez patriarcal abriendo las puertas al siempre emocionante reto de conocerse a uno mismo para posteriormente reinventarse y transformarse en algo mejor que el deseo originario. Como en la vida de cualquier otra persona que se sienta libre este proceso no termina jamás y siempre se trata de disfrutarlo al máximo valorando cualquier alegría.

Esta alegría para algunos, comienza al ponerse un vestido y no ser criticado. En el caso de muchas mujeres transexuales también consiste en que nadie les tire botellas de cristal a la cabeza en el autobús de vuelta a casa por llevar maquillaje y los labios pintados.

Al contrario que muchos y muchas lesbianas, gais y bisexuales que ya se sienten integrados, los transexuales e intersexuales todavía tienen que preocuparse por su apariencia física a la hora de ser aceptados. El arriesgarse a no pasar como un hombre o una mujer en público puede traer fatales consecuencias a la autoestima personal y tirar por tierra todo el trabajo de años intentando mejorar siguiendo la razón del coraje individual.

Actitudes derivadas de políticas transfobas como las demostradas por el gobierno de Ignacio González al rechazar el proyecto de Ley Integral de Transexualidad solo demuestran que a los del PP no les interesa ni fomentar la visibilidad de la gente trans ni tampoco promover su integración social condenándolas al ostracismo. La razón radica en la sempiterna imposibilidad del PP de entender que el mundo no se divide en dos radicales opuestos sino que más bien se junta en el deseo de querer aprender a vivir con la diferencia.

Nacho Diaz es estudiante de doctorado en el Centre For Narrative Research, CNR, University of East London bajo la direccion de Maria Tamboukou . Su vida profesional se ha desarrollado en diferentes centros penitenciarios y hospitales psiquiatricos, en el terreno de la reinserción. Además ha trabajado con diferentes ONGs.

aNacho Díaz, sociólogo.

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