El tercer género

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Transgénero. ¿Estamos las personas capacitadas para dejar ser? No. Ni la sociedad, ni la iglesia ni el Estado. Entre nuestra doble moral

aIlka Oliva Corado

Siempre ha llamado mi atención el erotismo del género femenino, hay algo en éste que es inherente, que está en la atmósfera, es como una huella que se instala en cada poro de quien es deslumbrado por semejante embeleso. Muchas veces nada tiene que ver con el aspecto físico y los sentidos, es cuestión del ser interno, el éter al que le tememos tanto.

Pero las infernales que destilan sensualidad son un trastorno, son capaces de llevar al punto de la demencia a quien se tope con ellas y las rete a salir bien librado del encuentro. La mayoría no lo logra.

Una mirada, una sonrisa, una ligera caricia por poco imperceptible o la fragancia innata de la piel pueden hacer detonar recónditos delirios. Muchas veces con su sola presencia y sin percatarse seducen a cualquier alma ausente dejándola en un eterno penar. Las tan complejas feromonas, inexplicables y sorprendentes.

Las hay en todas las edades, pero la belleza de una de 25 años por muy joven y tonificada que esté, no se compara con la que pasa de los 40, ni ésta con la que abriga la tercera edad, porque no existe lozanía más hermosa que la de un alma serena que ya lo ha vivido todo y luce la experiencia dignamente en las ajaduras que surcan su piel, en la nieve del tiempo que se ha posado en sus cabellos y en sus pasos sosegados con los que siguen encarando la vida. Qué decir de los labios maestros que revelan libertad, porque ya no hay atadura alguna que la confusión existencial convierta en tormento, ellas son como la niebla en días de nubes bajas: un absoluto embrujo.

Las hay quienes la feminidad no la tienen a simple vista, -dependiendo lo que el término signifique para cada quien- si no en la segunda piel, de pronto es la voz que es el esténtor que causa alarma en quien la escucha, será el color de ojos que como espejos desnudan los secretos mejor guardados, desatan pasiones nunca imaginadas, será tal vez lo sugestivo de un rostro sin maquillar o el candor de los pies descalzos. Lo cierto es que toda mujer tiene exuberancia erótica única del género.

¿Qué sucede cuando estas singularidades aparecen en un hombre? ¿Cuándo rompe con el molde que dicta la sociedad como premisa de masculinidad? Cuando en lugar de ser tosco es fino. Cuando en lugar de esconder sus emociones las expone. Cuando deja ver su sensibilidad y también sus lágrimas. Cuando no es él quien por regla patriarcal domina y posee a la hora de una encuentro sexual, cuando no intenta tener el control de quien se dice es el sexo débil. Cuando ve con equidad.

Más complejo aun, ¿qué sucede cuando su identidad sexual es la de un hombre que se siente atraído por otro? Cuando puede ser lo más patriarcal posible y aun así toda su masculinidad se siente atraída por otro de su mismo género.

Y qué pasa cuando su identidad sexual es distinta a la de su sexo genético. Un alma de mujer que habita en el cuerpo de un hombre. O la de un hombre que habita en el cuerpo de una mujer. O los que se identifican como hombres, mujeres, ambos o ninguno. Transgénero. ¿Estamos las personas capacitadas para dejar ser? No. Ni la sociedad, ni la iglesia ni el Estado. Entre nuestra doble moral, prejuicios y estereotipos, nos envolvemos en homofobia y no solo discriminamos si no también no creemos con derecho de agredir física y emocionalmente a quien no encaja en lo que debe a fuerza ser ordinario.

El doble esfuerzo que es para alguien que nació en género masculino pero que se identifica como mujer, porque debe decidir si se mantiene escondido en el género en que nació o decide vivir como se siente y enfrentar a la familia, amistades y sociedad. Transformarse desde el maquillaje hasta a las operaciones que cambian el sexo. Qué difícil y nosotros como sociedad lo complicamos todo aun, porque no solo no los dejamos ser si no que les enjuiciamos, como si derecho tuviéramos. Qué difícil para dos hombres caminar de la mano por cualquier avenida y de pronto darse un beso, hay lugares donde no pueden hacerlo porque sus vidas corren peligro. Así de inhumanos somos.

El valor que requiere una transformación, dejar el pantalón, el calzoncillo, la barca, los vellos en las piernas, y convertirse en una mujer sensual, con pintalabios, cartera, zapatos de tacón, cabello largo, aretes. Tan distinto que sería, si este mundo no estuviera al revés.

Si viéramos en la calle a una mujer con alma de hombre y que decidió vivir la transformación, y no la juzgáramos como marimacho, enferma, si no la tratáramos como escoria, como vergüenza del género. Vergüenza somos nosotros que nos creemos con la potestad de opinar en la vida de otros. Y quitarles los derechos humanos con los que nacimos todos.

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En India y Pakistán existen las Hijra, en Hawái los Mahu, en México los Muxe Zapotecas, en Samoa los Fa`afafine, en Tailandia los Kathoey, en Balcanes las Vírgenes Juramentadas. Y nosotros como humanidad nos dedicamos a excluir a quien no adopta como regla de vida lo que debe ser lo normal. ¿Qué es lo normal? Lo normal para un hombre homosexual es que le gusten otros hombres. Para una mujer que se atraiga su mismo género. Lo anormal sería obligarse a vivir dentro del parámetro de la heterosexualidad.

Para una Virgen Juramentada lo normal es renunciar a tener relaciones sexuales y al matrimonio y tomar el papel del hombre en la familia. Paras los Muxes Zapotecas, vivir el rol femenino en todos los ámbitos de la vida aunque hayan nacido en género masculino. Los Kathoey tailandeses son hombres con identidad de mujeres que actúan y viven como tal. Travestis les diríamos en otros países.

¿Y qué hay con eso? ¿Por qué nos sentimos con derecho de excluirlos y hacerles más complicada la existencia con nuestros ataques constantes? ¿Por qué no luchar para que todos tengamos los mismos derechos sin distinción de clases sociales, credo, razas e identidad sexual? ¿Quiénes creemos que somos para juzgar, enjuiciar y agredir?

Si hay días soleados, de niebla y de lluvia que forman parte de la grandiosa naturaleza y son admirados y queridos por igual, ¿por qué no sucede lo mismo con la diversidad humana? ¿Por que alguien se inventó un Dios y dijo que éste aseveró que era pecado ser distinto? ¿Por que nuestra homofobia nos ha arrebatado los sesos? ¿Qué haremos con todos los niños que vienen naciendo en la diversidad? ¿Les haremos añicos la infancia? ¿Qué haremos para que parte de la formación integral de nuestros hijos sea romper con las normal patriarcales y homofóbicas con las que hemos crecido nosotros?

Tan hermosos los hombres que tienen identidad sexual de mujeres, de pronto son ellas, con todo lo infernal que tiene el erotismo. O ellas, que con todo el erotismo con el que nacen, se identifican como ellos y así libres son más hermosas aún. Como hermosos son los seres heterosexuales también. ¿Y qué si a alguien le atrae un hombre y a la vez una mujer? Si tan hermoso poder ser, vivir a plenitud esta vida que es tan corta, ¿por qué tenemos que complicársela a los otros solo porque no son lo que queremos?

El 28 de junio es el Día Internacional del Orgullo Gay. Debería ser el de todos, porque todos somos parte de la diversidad humana. Que no nos quite el sueño qué hace cada quien con su intimidad, lo que nos debe perturbar es que no todos tenemos los mismos derechos y eso sí, es una injusticia total. El tercer género ha resistido tanto, que ha demostrado que la dignidad y calidad humana no depende del género con el que se nace, es tiempo que aprendamos a vivir en equidad.

¡Qué el amor nos haga libres!

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